La novela HIJO DE HOMBRE cumple 60 años


Augusto Roa Bastos
(1917-2005) es sin duda una de las figuras cumbres de la literatura y de la cultura paraguaya, siendo uno de los impulsores de la novela moderna en el país junto a Gabriel Casaccia.
Con su novela ‘Hijo de hombre’, ganadora de un concurso de Editorial Losada de Buenos Aires,  a nivel continental, Roa tiene la posibilidad de publicar su primera novela en 1960, lo que lo convierte en uno de los escritores latinoamericanos más talentosos, cuya obra trasciende la región.  El texto sería traducido a numerosos idiomas y llevada al cine en la Argentina en 1961, donde bajo la dirección de Lucas Demare se logra una impactante visión de la Guerra del Chaco en la piel de los personajes que desafían un medio hostil y viven situaciones de peligro que ponen a prueba la condición humana. En los roles centrales contó con la actuación de figuras estelares como el español Francisco Rabal, la argentina Olga Zubarry y los paraguayos Jacinto Herrera y Carlos Gómez.
También se han realizado versiones teatrales de la obra. En Paraguay se ha reeditado en varias oportunidades la novela y sigue siendo una de las preferidas por los lectores.
Antonio V. Pecci
Hijo de hombre‘ con sus personajes, sus espacios y su relato nos presenta una agónica imagen de la historia y la sociedad del Paraguay de principios del siglo XX. Nos muestra un país destruido por las guerras con sus vecinos, acosado por el avance de la modernidad que promete grandes adelantos para algunos y más dolor, miseria y olvido para la mayoría. De alguna manera, la obra de Roa Bastos expone una imagen clara de la sociedad paraguaya: los pueblos que luchan por tener un lugar en la carrera del “progreso”; los intereses extranjeros que generan guerras donde mueren miles de inocentes; la explotación de los trabajadores en los yerbatales; las revueltas campesinas; los ideales y la lucha por la libertad; el contacto entre mestizos y aborígenes, entre el español y el guaraní. Este contacto entre las lenguas identifica a Paraguay, y lo diferencia del resto de Latinoamérica. El bilingüismo genera una forma distinta de sentir, de expresarse y, como ya afirmó alguna vez el mismo Roa Bastos, de escribir.’

Maria Verónica Serra, Facultad de Ciencias Sociales, Univ. Nac. de Lomas de Zamora.

 

Capítulo VIII – MISIÓN

1
–¿Por qué no vino pronto?
Se oía poco. El techo de paja y las tapias de adobe no aguantaban
el ruido que venía de afuera. Todo el galpón bajo y espacioso donde
se habían instalado las dependencias del cuartel maestre, vibraba sacudido
por el tumulto del campamento. Separados por un tabique de
tablas, estaban los depósitos y las oficinas. También adentro la actividad
era febril. Timbrazos de teléfono. Maullidos del paso de onda en
el aparato de radio. Tecleo de portátiles. Carga y descarga de víveres
y pertrechos. Alboroto de auxiliares que entraban y salían a la disparada.
Y el cañoneo lejano, incoloro, monótono, que llegaba del oeste.
En su pequeño despacho, el jefe tuvo que alzar la voz. Acaso menos
por el barullo que por su propia nerviosidad. Gritaba casi al hombre
corpulento y barbudo que estaba delante de su mesa de trabajo,
con el brazo vendado y el aire culpable.
–¿Por qué tardó en presentarse, sargento Aquino?
–Me estaban curando en el hospital, mi mayor… –dijo mostrándole
el vendaje, con cierto manso orgullo.
–¿Dónde se hirió?
–Cerca de Pozo Valencia.
–¿Cómo?
–Y… mi mayor… –se detuvo, escardillándose la barba revuelta,
sucia de tierra, en busca de las palabras que faltaban.
Al sargento le costaba expresarse en castellano. Hacía una pausa
entre frase y frase, como si estuviera traduciendo mentalmente lo que
iba a decir.
–¿Cómo se hirió?
–Se echaron sobre nosotros –dijo atropellándose entonces el encargado
del grupo aguador–. Un pelotón completo. No pudimos atajarlos.
Eran soldados de nuestras propias líneas. Ahora ni los aviones
ni los satinadores bolís son tan peligrosos como nuestros propios soldados…
–sus palabras se volvieron inentendibles.
Del otro lado del tabique, los ayudantes discutían a grito pelado. El
jefe saltó de su banqueta, se aproximó a la abertura y rugió:
–¡Cállense, carajo!
El batuque cesó de golpe. Sólo la palanquita del Morse continuó
picoteando su idioma de puntos y rayas sobre el confuso fragor del
campamento. A través del hueco que hacía de ventana, se veía chispear
la laguna en el bajo, moteada de manchas luminosas. El hombre
barbudo echó una mirada de reojo a los camiones que cargaban en
la orilla y les volvió la espalda. El jefe del cuartel maestre medía a
zancadas la habitación. Era mucho más pequeño que el sargento,
pero en los movedizos ojos pardos se almacenaba una gran energía y
sin duda un implacable sentido del deber. Volvió a sentarse. El rostro
mate, orlado de prematura calvicie, pareció aplacarse. Miró los papeles.
Algunos estaban sucios y estrujados. Eran los partes y comunicaciones
que venían del frente. Los golpeó con el dorso de la mano,
como para acabar de limpiarlos y alisarlos.
–Lo he mandado llamar porque tengo que darle una misión especial.
Acaban de pedirme un camión aguador. Urgente. Tiene que salir
ahora mismo.
–Estamos cargando el convoy, mi mayor.
–Necesito un solo camión –le interrumpió secamente–. También
preciso un buen chofer.
–Y… eso hay…
–¿A cuál de sus hombres recomienda?
–A mi segundo, el cabo Cristóbal Jara –respondió sin vacilar.
–Tiene que ser un individuo fogueado y decidido.
–Puede confiar en él, mi mayor. Somos compueblanos. Lo conozco
bien. No me hará quedar mal.
–Es una misión difícil.
–Respondo por él.
–Se va a llevar agua y socorro médico a un batallón aislado más
allá de Boquerón. Hay que atravesar la línea. El que va tiene que ir
dispuesto a no volver. Es seguro que ni siquiera pueda llegar.
–Le pido que me deje ir a mí –dijo de repente el sargento.
–Usted es el jefe del grupo. Vaya a llamar a su crédito. De paso
entregue esta orden en el hospital. Para que apresten enseguida un
camión sanitario.
–A su or…
Se cuadró y salió del despacho.

2
Sobre la calcinada llanura, la loma de Isla Po’i se recortaba contra
el cielo rojizo del atardecer, semejante a un nido de termitas sobre el
que hubiera pasado la rueda de un carro. En lugar de hormigas, incesantes
remolinos de hombres se mezclaban con camiones, piezas de
artillería, carretas, caballos, mulas, bueyes, en un amasijo de gritos,
órdenes, relinchos y traqueteo de motores, en el aire pegajoso e irrespirable.
Bajo un samu’ú, una banda de músicos tocaba o ensayaba
fragmentos de marchas. Nada resultaba tan absurdo como este vestigio
de parada militar en medio del pandemonio, marcando el paso
de los soldados que ahora marchaban realmente a la batalla. Los pies
descalzos eran de tierra. Las caras, ya también de tierra. La tierra
subía en oleadas y comenzaba a tragarlos vorazmente. No eran más
que eso; hormigas de la guerra, el fusil al hombro, la impedimenta a la
espalda, rumbo a las líneas.
El sargento se encaminó hacia el hospital. El olor del fenol le golpeó
en la cara. Camillas y camastros, parihuelas hechas con ramas,
se esparcían por todas partes, alrededor del gran rancho repleto, sobre
el que caía lacio el trapo blanco con la cruz roja, atado al extremo
de una takuara. Algunos heridos yacían en el suelo. Otros más eran
descargados por los camilleros, de la pila que traía un furgón de reparto
de pan, transformado en ambulancia. Algunos bultos, ya quietos
bajo sus mantas, eran llevados hacia un extremo del campo.
El sargento dio un rodeo por entre el gimiente amontonamiento, y
entró. En el recoveco que hacía de sala de guardia, entregó la orden
a un practicante.
–¡Camión de sanidad… de dónde! –masculló, dejando escapar un
silbido, después de leerla con aire de suficiencia.
–Hay apuro –dijo el sargento.
–Lo que no hay es camión –repuso el practicante, y señalando el
furgón del que estaban descargando a los heridos, agregó–: Ese es el
único. Los demás están en viaje.
–Tiene que estar listo enseguida.
–Irá, si se puede. Yo no aseguro nada.
–Hay una orden.
–Hable con el jefe del servicio… –se levantó de mal talante y fue
a llamarlo.
Una enfermera salió al corredor y se acercó un poco furtivamente
al barbudo.
–¿Qué tal el brazo, Silvestre? –le preguntó en guaraní.
–De primera.
–¿Qué viniste a buscar entonces?
–Un sanitario.
–Creí que querías una orden de internación.
El sargento estalló en una carcajada.
–¿Por este rasguño? ¡Ni muerto me van a encerrar aquí!… Aunque
me gustaría, sin embargo… –dijo cambiando de tono–. Para estar
contigo, Salu’í… Digo, vivito y coleando… ¿No te parece?
La muchacha se hizo la desentendida. Una prematura vejez le ajaba
la cara pequeña de pómulos redondeados, dándole una expresión
algo encanallada y ausente. Sólo cuando sonreía, sus facciones recuperaban
un aire ingenuo; casi infantil. Su delantal estaba lleno de
manchas viejas y nuevas, sobre las que se atareaban las moscas.
Llevaba atado a la cabeza un trapo, no menos sucio que el delantal.
Sobre la espalda le caían las puntas de sus trenzas negras, de un
brillo azulado, metálico.
–¿Para qué el sanitario?
–Misión especial. ¿No querés ir, Salu’í? Se van a necesitar
voluntarios.
Ella se encogió de hombros.
–¿Sabes a quién mandan?
–¿A quién? –dijo sin denotar mucha curiosidad.
–A Kiritó.
Un cambio imperceptible le alteró la expresión. Sus grandes ojos
marchitos se volvieron lentamente hacia él.
–¿Adónde? –preguntó fingiendo ahora indiferencia.
–Más allá de las líneas… ¡Lindo paseo! ¡Con boleta de ida solamente!
–ironizó el sargento, con un visaje.
–¿Por qué lo mandan a él?
–Alguien tenía que ser…
La enfermera se quedó pensativa. El practicante regresó con el
jefe del servicio, que se puso a discutir con el sargento.
Ella se fue como había venido, un poco disimuladamente.

3
En la playa, los cargadores de agua llenaban los tanques instalados
sobre las carrocerías de viejos camiones de carga, producto de la requisa
general, que el estallido de la guerra había provocado. Se podía adivinar
la procedencia de estos vehículos. Algunos conservaban sus letreros del
tiempo de paz, nombres y siglas comerciales o frases de propaganda.
Otros, simples motes o refranes humorísticos.
Una fila de soldados semidesnudos se pasaban unos a otros las latas
de nafta, llenas de agua; el último, trepado sobre el depósito, las iba volcando
por el agujero. Había unos diez camiones al borde de la laguna. Los
cargadores se movían elásticos y a compás. Sus torsos desnudos y enflaquecidos
dejaban ver las costillas. Las siluetas mojadas relucían a contraluz.
Mordaces comentarios y risas salían de las filas, sin que el vaivén de
las latas se interrumpiera ni vacilara en ningún momento. Subían del agua
verde y bajaban de nuevo hasta ella, de mano en mano, irisando al pasar
las caras oscurecidas bajo los pringosos sombreritos de tela.
Al final de la ringlera había un Ford pequeño y maltrecho. En la
chapa de la patente se leía: Sapukái-1931. A horcajadas sobre el tanque,
un hombre vaciaba las latas que le alcanzaban. Era flaco y nervudo,
de angulosas facciones. Trabajaba en silencio, sin meterse en
las bromas de los demás. La espalda cobriza se hallaba surcada de
cicatrices.
El sargento apareció bajando la pendiente. La presencia del jefe
del grupo acalló el alboroto y las latas circularon más rápido todavía.
–Cabo Jara…, presentarse al Comando.
El hombre ahorquetado sobre el depósito se volvió algo incrédulo
hacia el sargento. Este lo apremió con un gesto. Jara pasó entonces
la lata al hombre bajito y rechoncho que lo secundaba, saltó de la
plataforma, recogió su chompa y se fue.
El hombrecito retacón trepó al tanque en su lugar y escupiéndose
las manos, tomó la nueva lata que le alcanzaban, vaciándola con
esfuerzo.
–¡Néike, Gamarra… néike, Medio–metro!… –le gritaban burlones.
–¡Silencio! –tronó el sargento, que se había vuelto a mirar de reojo
a Jara, mientras se iba alejando por la cuesta.
El cordón de cargadores prosiguió la rítmica faena en el vaivén de
las latas y los torsos brillantes.

4
Miraban los mapas y croquis sobre la mesa. La mano del jefe, armada
de un lápiz rojo, plantó una cruz sobre uno de ellos, marcando
mucho el trazo.
–Aquí es… –dijo–. Debe ser por aquí. Más allá del camino a Yujra.
En esta franja de monte debe estar el cañadón.
Cristóbal Jara miraba en silencio el croquis.
–Monte y desierto –agregó el mayor–. Todo el sector dominado por
el enemigo, que está pujando por hacer llegar refuerzos a Boquerón.
Hizo una pausa y clavó en el subordinado sus ojillos de perdiz,
inquiriendo severo:
–¿Se anima a ir?
–Sí, mi mayor.
–Bueno. Así me gusta –su voz se suavizó en un leve sesgo chacotón–.
Por lo menos en Transportes nos quedan algunos machos. Vaya
a preparar todo. Llevará su camión y otro sanitario, con medicamentos
y víveres.
En el P. C. de la división, en Isla Samu’ú, le darán las últimas instrucciones.
Allí recogerá también al hombre de la patrulla que consiguió
llegar.
Cristóbal Jara movió la cabeza en señal de asentimiento.
–Póngase en marcha cuanto antes. Por el Camino Viejo. No pida
voluntarios. Es mejor que nadie se entere. Elija usted mismo a sus
compañeros. Vaya nomás y buena suerte… Ah… y cuídeme los
camiones…
Hizo la venia y se retiró. El jefe, algo impresionado, lo miró irse. Se
le escapó un gesto imperceptible, como para llamarlo otra vez, pero
desistió y volvió a sus papeles.

5
La enfermera depositó en el suelo los dos baldes de agua hervida
y apartó el trozo de arpillera que hacía de cortina en la abertura
de la “sala» de operaciones. Escudriñó por el hueco. A la declinante
luz del atardecer, que entraba por la ventana, el cirujano continuaba
operando. Vio el brillo de los instrumentos que le iban alcanzando,
los semblantes sudorosos, desencajados por la fatiga. Bajo los guantes
enrojecidos palpitaba un vientre abierto en canal, como el de una
res carneada viva. A un costado el relleno de intestinos y entrañas.
Los pocos cirujanos operaban sin descanso. Día y noche, desde el
comienzo de la ofensiva. El sitio de Boquerón estaba volcando una
invasión de heridos sobre el hospital de sangre de la base, desde los
atiborrados puestos sanitarios y frontales. Eso también era un campo
de batalla. No iba a terminar nunca. Los camilleros venían entrando
un nuevo paquete enlodado de tierra y sangre.
Salu’í dejó caer la arpillera y salió. Un instante después estaba
en la cocina. Se acercó a otra mujer que se movía entre los
fogones, preparando el rancho. Debía de haber sido una hermosa y
robusta campesina. Ahora, la costra de fealdad y suciedad también la
cubría.
–¿No?… –le preguntó con los ojos ansiosos sobre el oleaje
de evacuados.
–No –le respondió Salu’í–. Su nombre no está en las listas. Hay
como doscientos.
–No sé lo que me pasa… –dijo la mujer, entre angustiada y tranquila–.
Quiero que Crisanto esté y no esté entre los que vienen de allá.
A veces quiero que venga, pero cuando veo cómo llegan, no quiero.
Mejor, seguir esperando…
–Yo me voy a ir, Juana Rosa –le dijo después de una pausa, poniéndole
una mano sobre el hombro, sin dejar de mirar ella también
hacia el terraplén que bajaba a la laguna.
–¿Adónde pikó, che amamí?
–Voy a procurar ir con él. No sé si podré. Pero voy a tratar de ir.
Lo mandan lejos. Sé que no va a volver… Voy a presentarme como
voluntaria. Te pido que ocupes mi puesto, Juana Rosa. Ya le dije a la
doctora.
–Sí, Salu’í.
–Tengo que ir con él…
–¿Le hablaste ya?
–Todavía no… Lo estoy esperando.
–¿Cuándo sale?
–Ahora… Si no nos vemos más, te dejo mi atado de ropa. Adentro
hay unas chafalonías y un dinerito. Cómprale ropa a tu hijo cuando
vuelvas a tu valle.
Juana Rosa se sacó de entre las ropas un atado de cigarros y se
lo tendió, con los ojos húmedos. Salu’í prendió uno en las llamas y le
dio algunas chupadas.
–Voy a rogar para que encuentres a tu hombre, Juana Rosa –dijo
con la cara llena de humo.
Se despedían como dos hermanas. El cabo ranchero y algunos
soldados entraron con el tacho, haciendo mucho ruido. El cabo dirigió
algunas bromas picantes a las mujeres, que estaban como ausentes.
Salu’í salió sin decir más palabras. Por el terraplén iba pasando Cristóbal
Jara.

6
–¡Cristóbal! –dijo ella.
Iba silencioso. Parecía no reparar siquiera en su presencia. Apretó
el paso. Salu’í apuró el suyo. Le costaba aparejársele.
–Tengo que hablarte…
–No tengo tiempo
–Sé que te mandan lejos…
La expresión de Jara se endureció aún más, en un asomo de contrariedad.
Pero entonces ella agregó:
–… Y que vas a necesitar camilleros. No hay muchos en el hospital.
Quiero ir como voluntaria…
–No necesito voluntarios –dijo él, cortante, mirándola de arriba
abajo–. Y menos una… una mujer. .. –la fugaz vacilación mordió en la
frase una grieta hiriente, cuya intención acaso lo rebasó a él mismo.
–Quiero ir contigo, Cristóbal.
–Cada uno en su puesto –dijo él sin volverla a mirar.
–¿Y si te pido que me dejes ir?
–No necesito estorbo.
Así la dejó plantada. Lo miró alejarse con sus largas zancadas
elásticas, parándose como aturdida. Cerca ya de la laguna lo vio correr
con una urgencia repentina. Pero todos se movían más rápido. Al
principio no se dio cuenta de lo que iba a ocurrir. Ella estaba lejos en
ese momento, cada vez más lejos, como si el desaire de Cristóbal la
hubiera empujado hacia atrás, a un tiempo de humillación y envilecimiento.
No sentía la tierra bajo sus pies. Sin embargo su expresión
cambió. Una imperceptible sonrisa surgió en la comisura de sus labios.
Hasta los ojos estaban menos marchitos que otras veces. Se
abrieron grandes y fijos, sin ver los tres zumbadores cometas que
cruzaban el cielo de la base.
Ese instante la arrancaba de sí misma como una agüería.
Nadie sabía nada de ella, con alguna certeza. Ni ella misma tal
vez. Había olvidado todo lo que estaba detrás. Hasta su antiguo nombre,
María Encarnación. Corrían varias versiones de su historia, ya
integrada al folklore de la base. Algunas hacían coincidir su venida
con la primera movilización del 28, en la caravana de mujeres que
llegaron siguiendo a sus hombres. Pero entonces apenas debían de
haberle estado brotando los pechitos púberes. Se decía también que
la esposa de un oficial la había traído como niñera y que luego la echó
porque… Bueno, aquí se entreveraban las cosas, y su fama de aventurera
surgió precisamente de su presencia de trasto inútil, arrojado
a un costado del campamento, con toda esa belleza también inútil y
demasiado infantil para corromperse en una guarnición. Si se le preguntaba
cómo estaba allí, sabía decir:
–Vine a ver la farra y me quedé…
Lo cierto era que la guerra al fin le había mudado de piel como
el verano a las víboras, justo cuando la luna de sangre se levantaba
cachorra sobre el horizonte del Chaco.
Un tiempo antes, cuando se estaba formando el “barrio» bajo,
cerca de la laguna, supo agenciarse la choza de pindó y adobe. Del
otro lado, en la parte alta, estaban las casas de material habitadas
por las familias de jefes y oficiales. Las esposas y las cuñadas salían
en las tardecitas a pasear por la plaza, alrededor del mástil de
la bandera. Ella vería desde abajo el mujerío decente y “paquete».
Contemplaría las siluetas de las muchachas contra el cielo arenoso y
morado, moviéndose en la música de la banda. Les envidiaría tal vez
sus zapatos de taco alto, los vestidos de todos colores, ajustados a las
estrechas cinturas y aún a los abultados vientres de las señoras preñadas,
“echando ombligo». En las noches de luna vería en lo alto las
ventanas iluminadas y escucharía la música de las tertulias familiares.
Ella no tenía más que su impúdica popularidad, que iba creciendo
en el ranchito a oscuras, a orillas del agua. El viento del desierto al
enfriarse removía la estera que hacía de puerta y la arañaba con un
rumor de dedos secos. Sombras acuclilladas esperaban su turno ante
la estera, bajo la luna, ocultándose entre los yuyos, del paso de la
ronda. Pero el de la ronda llegaba también, se apeaba del caballo y se
ponía a esperar como los otros, o hacía valer su autoridad y ganaba
la punta quedando casi pegado al pirí, oyendo del otro lado los sordos
ruidos, los arrumacos machunos, las risitas de burla de ella, a veces
sus flojas bofetadas que precedían y apresuraban los jadeantes silencios.
De tanto en tanto, ella salía a ventilarse semidesnuda, el cabello
en desorden, pequeña pero inmensa ante los hombres excitados, el
vientre y los senos henchidos de luna bajo la enagua rotosa, pegoteada
de sudor. Alguien le ofrecía un cigarrillo. Otros le entregaban por
adelantado los “requechos» que rateaban para ella en la intendencia.
Galletas, yerba, harina, latas de carne conservada y hasta alguna que
otra botella de cerveza. Recogía los óbolos sin agradecer, como si
ellos le fuesen debidos. Si no estaba de humor, acababa echando
a los donantes y se volvía adentro, bostezando y hablando con voz
ronca e ininteligible. A veces le traían serenatas de guitarras y arpas.
Pero entonces el pirí no se levantaba para nadie. El ranchito sin puertas
se volvía inexpugnable como una casamata artillada.
Cuando algunos de los que la frecuentaban comenzaron a enfermarse,
la bautizaron entre caña y jarana con el apodo más fácil
de Salu’í, que la representaba mejor. No se enojó por eso. Le gustó
el marcante. Le gustó que la gente pudiera cambiar aunque más no
fuese de nombre. No se había convertido aún en enfermera. Por entonces
sólo era la enfermadora, como se quejaban con tardía reprobación
los que se consideraban sus víctimas y la rebautizaron irónicamente
con el mote de Pequeña–salud. Pero ella no mendigaba esos
encuentros. Iban los que querían, no siempre le retribuían en especies
sus favores.
Podía olvidar todo eso. Todo lo que había ocurrido hasta el arribo
de él a Isla Po’i, un año atrás. Hasta ese momento, que iba a cambiar
su vida, podía sacarse todos los recuerdos de la cabeza como piojos.
Quedaba limpia, nueva. Sentía retoñar su muñón de mujer, en una
sensación algo parecida a la de los heridos de guerra que continúan
por algún tiempo con la ilusión de que el miembro amputado todavía
está allí, pegado a las carnes deshechas. En lo más hondo de su degradación
habría sentido resucitar su virginidad como una glándula,
renacer, purificarse, bajo ese sentimiento nuevo y arrollador, que no
nació, sin embargo, para ella en un deslumbramiento.
La movilización y la requisa de vehículos lo trajeron atornillado al
cascajo ladrillero de Sapukái. Los otros montoneros, confinados en la
guarnición hacía algún tiempo, lo recibieron en triunfo. Lo vio bajar sin
inmutarse, saludar apenas con una sonrisa a sus compañeros, alto,
flaco, callado y negro, con su tranquila seguridad que el refrán pintado
de apuro en el reborde de la temblequeante chambrana, traducía
como en sorna para los que quisieran tomarlo en serio.
Al principio, como algunos otros, ella también se rió de Cristóbal
Jara. Sólo después se fue fijando cada vez más en el sapukéño de
boca dura y delgada y ojos verdosos, como estriados por filamentos
de moho. Empezó a perseguirlo. El no se dio por enterado. Fue el
único, entre los camioneros, que no se acuclilló ante el pirí. Lo esperaba
en las noches. Lo mandaba llamar con Silvestre Aquino y con los
otros. Pero él prefería quedarse a jugar al monte, después de la retreta,
en los galpones de la intendencia, o ir a la toldería de la tribu maká
donde se pasaba las horas conversando con el cacique Kanaití, en el
duro y monosilábico dialecto. Se hacía desear, sin saberlo. Entonces
ella se desquitaba con los otros, despechada, vagamente irritada contra
sí misma. Pero por poco tiempo más.
No era desprecio. Era algo peor. Desinterés, indiferencia…, a saber
qué era. La atormentaba no saberlo, no poder doblegar esa lejanía
que le daba la espalda. Qué sabía ella de un hombre, si sólo conocía
a los hombres en su momento más deshumanizado, a esos hombres
atontados, bestializados por la soledad del campamento, por la eterna
desolación del desierto. De esos hombres todos iguales, apenas
sombras acuclilladas a su puerta, después sombras de peso violento
pero sin caras, arrodilladas sobre su desnudez, que no tomaban de
ella sino el instante de su sed, como un jarro de agua de la laguna, el
engaño del amor, a lo sumo el contagio venéreo.
Pero, en un momento imprevisible para todos, la inconcebible regeneración
comenzó. La glándula incorruptible revivió en su femineidad
ardiente y destruida. Nadie volvió a traspasar la estera. Pero nadie
creyó en su voluntad de purificación. De nada le valió. El pasado
impuro y cercano la tenía presa en su jaula como a una cotorra. No la
habían juzgado antes. La juzgaban ahora, cuando ella era otra. Salu’í
seguía siendo para todos, la putita de la laguna, la “lora» del barrio
Psitacosis, que también a ella debía su nombre. La iban a expulsar
del campo. El barrio alto hizo sentir el peso de su honorabilidad sobre
las casuchas equívocas del bajo. Una comisión de damas ensombrilladas
presentó sus quejas al Comando de la guarnición. En eso cayó
la guerra y la evacuación de la población civil salvó a la pecadora del
destierro.
Los convoyes se llevaron a las asustadas mujeres que huían a
Puerto Casado del peligro de las bombas. La única que se quedó en
la base fue precisamente la que unos días antes hubo de ser arrojada
como un bicho apestado. Se acordaba de eso porque aquel día cayó
sobre el campo la manga de mariposas al comienzo de la sequía.
Eran millones y millones. Venían en oleadas sucesivas. Pronto la llanura
se puso a tiritar bajo ese manto de lava dorada y aleteante. Hasta
el verde de la laguna se volvió amarillo. El aire estaba tan espeso,
que asfixiaba. Las señoras se marcharon en los camiones tosiendo y
escupiendo mariposas.
Al día siguiente entró a trabajar en el hospital, todavía vacío, que
a partir de Boquerón se atracó de la despachurrada carne de cañón.
Un poco después llegó Juana Rosa. Y fueron dos. Dos seres chimbos
con polleras, en la marejada de hombres cenicientos.
Y ahora estaba allí, parada en el terraplén, en medio de repentinos
fogonazos.
Todo el convoy se ponía en movimiento con un apuro ciego y desordenado.
Él se iba y la dejaba. Avanzó unos pasos y se detuvo, luchando
consigo misma. Volvió la espalda a la laguna y subió corriendo
hacia el hospital.

7
El cielo se había puesto tirante. Bronco y cóncavo, resonaba raspado
por el zumbar de máquinas aéreas y los estampidos de sucesivas
explosiones. Tres Junkers bolivianos sobrevolaban la base en cerrada
formación, arrojando sus bombas. El suelo se abría a diestro y
siniestro en ardientes penachos de tierra y metralla. Hombres, vehículos
y animales se atropellaban entre estas súbitas erupciones. Como
remate, los incursores picaban, peinando el vórtice en vuelo rasante
con las ráfagas de sus automáticas. A pelo y contrapelo. Desde arriba
sí que verían la loma de Isla Po’i como un alborotado hormiguero, un
takurú destripado a bombazos.
Los improvisados puestos de defensa comenzaron a funcionar,
pero no disponían de verdaderas baterías antiaéreas, sino de unas
pocas piezas de tiro rápido que estaban escupiendo cintas enteras de
balas dun–dun. No podía esperarse mucho de ellas. Sin embargo, los
Junkers se desplegaron en abanico, perseguidos tenazmente por las
blancas pelotillas que reventaban a su alrededor. Uno de ellos se alejó
echando humo por la cola. Los restantes ganaron altura y siguieron
evolucionando en complicadas figuras geográficas, enteramente pintados
de rojo por el fulgor del ocaso. Las hélices trituraban fuego puro,
más rojo aún que los lengüetazos de sus ametralladoras.
Con menos precisión ahora las bombas proseguían su obra destructora,
levantando al azar los instantáneos surtidores, que volvían a
desplomarse en una espesa lluvia de tierra y fragmentos. Dos cayeron
casi juntas sobre la laguna, arrancando de ella una sola tromba ana196
Augusto Roa Bastos
ranjada. Los ranchitos del borde quedaron envueltos en llamas. Algunos
caían al descampado. La deflagración de los explosivos prendía
en los pajonales grandes fogatas, como para la ceremonia ritual de
una tribu.
El pánico del primer momento acabó transformándose en un vertiginoso
zafarrancho de salvamento. Las tropas ayudaban a los camilleros
a meter los heridos en los tucas.
Los camastros viajaban a la disparada en la compacta cerrazón.
En un momento, los refugios quedaron repletos. Entonces las camillas
fueron llevadas al monte. A veces, las tunas y las uñas de gato de los
guaimipirés se enganchaban al pasar en las mantas y vendas, descubriendo
de golpe muñones recién cosidos. Una bomba cayó sobre
esa concentración de espectros yacentes. La malla de enmarañados
arbustos la protegió en parte, pero una camilla voló y se incrustó en la
copa de un samu’ú con un brazo enredado entre los hierros retorcidos.
Los camilleros no se dejaban acobardar. Volvían a la carga. Corrían
agachados, casi pegados al suelo, arrastrando los bultos gimientes.
Entre ellos, la animosa Salu’í vivoreaba temeraria más que ninguno.
Cargaba las angarillas, dirigía, orientaba, mandaba a los demás,
como una clase en el combate. Desgreñada y con los ojos ardientes,
su pequeña figura se engrandecía entre la polvareda y el humo.
En un momento dado, arrastró de los brazos a un hombre que
tenía amputadas las dos piernas, y logró guarecerlo bajo los árboles.
Iba y venía con una lata dando de beber a los más necesitados. Distribuía
pastillas coagulantes para contener las hemorragias y reparaba
como podía los vendajes. Un muchacho esquelético, que agonizaba,
se aferró a su mano murmurando:
–¡Mamá… mamaíta!… ¡Anína che rejátei!…1
Ella cerró los ojos. Desde el fondo de la muerte alguien la llamaba
con ese nombre, para ella fabuloso. La garra de hueso y piel se aflojó.
Sustrajo su mano lentamente. Bajó los párpados sobre los glóbulos
vidriosos. Se fue rápidamente.
El convoy aguador, entretanto, había conseguido refugiarse indemne
en el bosque.
No faltaba un solo camión.
La zambra delirante comenzó a decrecer. Las máquinas amarillas
se fueron despintando. Agotada su mortífera carga, los bombardeos
se alejaron oscuros, cuando los tardos Potez se hacían presentes en
el horizonte como tardíos espectadores. La gritería surgió clamorosa
de entre los escombros.

8
La noche cayó de golpe. El olor de la pólvora y la chamusquina de
los incendios flotaban en el aire. Persistía una gran actividad. Grupos
de hombres bullían en todas direcciones, transportando cargas, acabando
de apagar los focos de fuego o removiendo escombros. Los
heridos habían vuelto a ser llevados al hospital desde las tucas y los
improvisados refugios del bosque. Solamente los cadáveres estaban
quietos donde habían caído. Faroles y linternas zigzagueaban en la
oscuridad. Las siluetas se volvían repentinamente blancas cuando entraban
en el haz proyectado por los faros de los camiones.
A la orilla del montecito espinoso se movía una sombra. No llevaba
linterna ni farol. Daba, por el contrario, la impresión de huir de la luz.
Era Salu’í. Buscaba algo entre los cadáveres. De pronto se inclinó
sobre uno de ellos. Pero enseguida lo dejó por otro, menos sucio de
tierra y sangre, con el fusil terciado a la espalda. Después de mirar a
su alrededor, le tomó de los brazos y lo arrastró hasta que la maleza
los ocultó por completo. Allí le sacó el fusil y lo empezó a desnudar.

9
El convoy se puso en marcha lentamente. Unos tras otros, los camiones
costearon la laguna, en busca de la boca del Camino Viejo.
Algunos ranchos de la orilla continuaban ardiendo en montones incandescentes,
que se duplicaban en la superficie como si ardiesen
bajo agua.
Silvestre Aquino encabezaba la columna. Los faros de su camión
proyectaban una luz amarillenta. Hacía el efecto de ir derramando por
delante oleadas de huevos rotos. Cristóbal Jara cerraba la marcha
con su cascajo. Aturrullado en el asiento, más pequeño y rechoncho
que nunca, iba Gamarra tratando de dormitar a pesar de los barquinazos.
El furgón sanitario rodaba delante, conducido por Rivas y llevando
a Argüello como camillero. Eran los “voluntarios» escogidos por
Jara. Los tres compueblanos suyos de Sapukái. Así lo había elegido a
él, Silvestre Aquino, cuando se formó el convoy, poco después de su
llegada a la base, y los forajidos del estero eran otra vez, por virtud de
la guerra, “soldados de la patria».
Nada unía tanto en los trances difíciles como el ser ojovallegua,
pedazos de la misma tierra natal. No había mejor base que ésta para
la mutua confianza. Jara los designó con ademanes. No los nombró
siquiera, no les preguntó si querían o si se animaban a ir. Los marcó
simplemente con su mano y los duros pronombres, que a partir de ese
momento tenían un valor impersonal.
¡No me dejes!…
–Nde… ha nde… ha nde…
La picada se cerró sobre ellos y la marcha se hizo más lenta y
fatigosa. El hueco irregular del camino retrocedía ante los camiones.
A campo abierto, el convoy eslabonado por los fanales formaba una
sola fila de chatos gusanos de luz, arrastrándose entre la vegetación
enana, hasta que un pique o desmonte se los volvía a atragantar. En
esos momentos cada camión navegaba solo en su respectivo trozo
de noche. A veces, en algún recodo, un samu’ú avanzaba despacio
hacia el camión con su hidrópica barriga, o siluetas de vaga apariencia
humana surgían de la maleza. No eran más que tunas o arbustos
espinosos, trajeados de polvo, erguidos a la luz de los faros. Restos
de vehículos y osamentas de animales aparecían también de tanto en
tanto, jalonando los pasos difíciles de la ruta balizada por la aviación
enemiga.
En los descampados y cañadones, la noche era distinta. Olía a viento,
a resinas, a pirizales húmedos. Los camioneros boqueaban respirando
a pleno pulmón, luego del aire sofocante de los piques indios,
densos de polvo, de mosquitos, saturados por la fetidez de la chinche
de monte y el orín del zorrino. El cielo verdinegro titilaba arriba con el
chisperío de las constelaciones y el campo abajo, con el de los muãs,
como si estrellas y cocuyos fueran una sola cosa, mientras el vasto
espacio voltejeaba a sus espaldas blandamente. Pero a medida que
avanzaban, la tierra se iba poniendo más seca. Las ruedas patinaban
en los arenales. Los viejos motores jadeaban espasmódicamente. La
mayor parte del tiempo debían desarrollar todo su régimen. El tambor
de los diferenciales araba las estrehuellas o se incrustaba en los montículos
y entonces había que bajar o desengancharlo, cavando debajo
a pala y machete. Las manos de los camioneros iban crispadas sobre
las palancas de cambio. Bloqueadas de golpe o embaladas a fondo,
las cajas de velocidad producían continuos rechinamientos. Tenían
que apelar a todas las fuerzas y combinaciones del engranaje para
desprenderse del blando pero implacable brazo de la ruta que no quería
dejados pasar . Avanzaban tragándose poco a poco la picada que
los tragaba a ellos en sus fauces fibrosas y polvorientas. Más de dos
horas les había llevado la legua y media de camino y faltaban no menos
de quince hasta el comando divisionario. Pero no eran solamente
estas fatigas. Existía además el peligro de los cuatreros y satinadores,
tanto amigos como enemigos, que los camioneros debían afrontar sin
más armas que el herrumbrado mosquetón y unas cuantas bombas
de mano en sus bolsas de víveres.
El cansancio y el sueño comenzaban a roerlos. No habían ingerido
más que un jarro de aguachento cocido, antes de partir de la base.
Por el bombardeo, no hubo más rancho que ése.
Entraron en un cañadón liso y ancho como un lago. A lo lejos, la
mancha amarilla del puntero bogaba en busca del paso. Cristóbal
Jara observó que se detenía ante el boquete del cañadón. Poco después,
el destello cremoso se puso a parpadear con alguna insistencia.
–¿Qué le habrá pasado a Aquino? –comentó Gamarra, desperezándose–.
Parece que está señeando.
Jara no contestó. Miraba tenso hacia adelante, con la cara excavada
de sombras por el foquito del tablero.

10
La silueta surgió esfumada por el polvo y afrontó el camión con los
brazos en alto, en medio del camino. Esta vez no se trataba de una
mera apariencia. La figura humana se fue perfilando cada vez más
nítidamente en la seca gelatina que derramaban los faros. Silvestre
Aquino frenó de golpe.
–¡Guépa póra! –masculló–. Desertor…, seguro.
–¡O cuatrero bolí! –dijo el ayudante Otazú, recogiendo el mosquetón
y encañonándolo.
Aquino hizo titilar los faros para encandilar al desconocido, que
avanzaba lentamente, sin bajar los brazos.
–¡Altooo!… –barbotó Otazú, algo espeluzado, manipulando el
cerrojo.
La silueta se detuvo. Los brazos le cayeron a los costados, pero
nada había en ella de agresivo ni desafiante. Era un soldado pequeño,
sin equipo de guerra. Ni siquiera cargaba fusil.
–¿Mávaiko nde? –gritó Aquino el clásico sano y seña guaraní, repitiéndoselo
de inmediato en castellano.
El soldado no contestó.
–¿Amigo o enemigo? –insistió Aquino.
Se le vio abrir la boca, pero ningún sonido salió de esa mueca.
Echó a andar de nuevo hacia el camión. Entonces Aquino se recostó
contra el respaldo. En su semblante, el asombro se mezclaba ahora a
una placidez casi risueña.
–¡Voy a tirarle! –farfulló Otazú.
–No hace falta.
–¿Por qué, mi sargento?
El soldadito se acercó. Una expresión a la vez inquieta y decidida
le contraía el semblante en la ictérica luz. A dos pasos del camión se
detuvo otra vez. En ese instante acabaron de reconocer a Salu’í. Los
cabellos cortados a cuchillo, sobresalían del sombrero en blancos mechones.
La ropa del soldado muerto le colgaba por todas partes, overa
por los oscuros y apelmazados lamparones.
–¿Adónde vas, Salu’í? –preguntó Aquino, casi paternalmente.
–¿Puedo subir? –dijo ella solamente.
–¿Viniste a refrescarte un poco? –preguntó Otazú, mordaz.
Ella no lo miró siquiera. Esperaba que le hicieran lugar.
–¡Dale, pues, asiento! –ordenó Aquino.
Otazú salió al estribo, malhumorado y hostil.
El camión arrancó y entró en la picada. De la punta a la cola, el
convoy reanudó la marcha, ahora otra vez en la tiniebla compacta de
polvo, en la que los conos de los faros penetraban como a tornillo para
abrir paso a los armatostes oscuros. Aquino y Otazú se ataron trapos
a la cara. Ella iba absorta. Fumaba sin descanso los cigarrillos de Juana
Rosa, hamacándose en los barquinazos entre dos enmascarados.
De vez en cuando tosía, ahogada.
–¿Cómo te animaste a venir así? –le preguntó Silvestre con la voz
pastosa.
–No había otra manera.
–¿Sabe Kiritó que has venido?
–Se negó a traerme.
–¿Por qué no me dijiste que querías venir?
–El jefe de la misión es él.
–¿Y ahora, ¿qué vas a hacer, Salu’í?
–Seguir hasta donde pueda.
–¿Con él?
–Para eso he venido.
–Ahora ya no podrá negarse a llevarte.
–Ahora puede hacerme fusilar…
–Sólo se fusila a los desertores –dijo Aquino riéndose.
–Soy una desertora… –dijo ella, seria.
–No se deserta cuando se va a un bautismo de fuego.
Se quedó en silencio, mirando sin ver cómo se abría la garganta
boscosa ante la proa azufrada del camión, que avanzaba a los tumbos.
Iba a preguntar algo, pero le repitió el acceso de tos. Aquino le
alcanzó un rotoso pañuelo. Ella arrojó el pucho a la oscuridad y se lo
ató a la cara.

11
El camión de Jara estertoraba también en la angostura del pique.
Nubes de mosquitos forzudos como avispas se metían en la cabina.
Jara manoteaba maquinalmente para despegarse los insectos furioMisión
sos que le aguijoneaban la cara y los brazos. Gamarra dormía a pesar
de los tumbos y del chicoteo de las ramas, envuelto hasta la cabeza
en la manta, como en una escafandra.
Cristóbal Jara era, sin duda, un buen volante. Parecía formar parte
del camión, una parte viva y sensible que irradiaba fuerza y voluntad
a los tendones y nervios metálicos del desvencijado vehículo. Su pericia
era ya suficientemente conocida en la base y en los puestos de
etapas. Su carraca estaba llena de remiendos y ataduras. Pero no
se mezquinaba a las rutas ni se empacaba jamás. Ya no se reían del
lema pintado en el techo. En broma y en serio se arraigó su fama de
que podía hacer andar el camión con un trocito de alambre y hasta
sin nafta. Un momento antes de salir, lo había revisado con mayor
cuidado que otras veces. Sobre todo ahora, que la responsabilidad de
una misión recaía directamente sobre él. Ya no se trataba de acarrear
cargas de ladrillos de la quema, desde Costa Dulce a Sapukái.
Cuando estaban por partir, Silvestre Aquino se le acercó y le dijo:
–El comando me pidió un hombre capaz. Le di tu nombre. Si hubiera
sabido para qué era, no te hubiera ofrecido…
No pareció haberle oído. Continuó revisando el camión, rápido y
minucioso. Un perno flojo, una bujía “sapiké», una goma blanda, podían
acarrear imprevistas detenciones. Sabía lo que ellas significaban
en la sinuosa ruta del Camino Viejo. Las trochas angostas no daban
luz para el cruce de los vehículos en los topamientos. Uno de ellos debía
retroceder hasta el primer cañadón o descampado. Ya se habían
producido graves reyertas entre los hombres de Transportes por el privilegio
de seguir adelante. Pero el paso del agua hacia Boquerón, era
indiscutido. Sólo ante los camiones de heridos, los aguateros reculaban.
Fuera de eso, la prioridad del tránsito les estaba reservada. Una
noche, lanzada ya la ofensiva, el camión de Aquino se encontró con
una camioneta del Estado Mayor en una senda de maniobras, cerca
de Isla Samu’ú. El chofer de la camioneta saltó y se acercó corriendo.
–¡Atrás!… –intimó, perentorio y altanero–. ¡Déjenme pasar! ¡Llevo
al Comando en Jefe!
Aquino se cruzó de brazos sobre el volante, incrédulo y cachazudo.
–Llevarás al Comando –dijo–. Pero yo llevo el agua.
–¡Atrás…, atrás! ¡Está apurado!
–Yo también…
En ese momento, al resplandor de los faros, vieron descender de
la camioneta a un hombre de estatura mediana, de uniforme arrugado
y sin presillas, la cara oscura bajo el casco blanco. Aquino saltó de
inmediato y se cuadró ante la inconfundible presencia.
–Parece que la picada es tuya, mi hijo –dijo la voz suave y nasal,
que se oyó, sin embargo, nítidamente por encima del ruido de los
motores.
–No, mi comandante –respondió el sargento Aquino impávido–. La
picada es de todos…, de todos los que van a cumplir su misión…
–Pero no solamente tu misión es importante, mi hijo.
–Disculpe, mi comandante… No creía que era usted.
–Ahora que ya crees, tienes que retroceder –conminó–. Sin pérdida
de tiempo –la inflexión de su voz no se le alteró en lo más mínimo.
–¡A su orden, mi comandante!
Pero, entretanto, un ruido como de latigazos sordos y regulares
había crecido junto a ellos. Con palas y machetes, Cristóbal Jara y los
demás hombres del convoy estaban desmontando un reborde en el
túnel. En pocos minutos la plataforma semicircular quedó abierta y rellenada
con ramas y tierra. Por allí pudo efectuarse el paso. El comandante
en jefe y el agua se cruzaron como dos elementales potencias,
sin abdicar ninguna de ellas un ápice de autoridad.
–Mediante eso se salvó de recular el Comando… –fanfarroneaba
después el sargento Aquino, al referir el episodio.
Fue la única vez que Cristóbal tuvo oportunidad de ver de refilón
al jefe supremo del ejército del Chaco, parado en el polvo, mientras él
tajeaba un nudo en el entresijo de la selva, para que pasara el agua.
Aferrado al volante, se bamboleaba ahora con los ojos muy abiertos,
en el estado en que la atención y la voluntad no eran más que
puro reflejo de su instinto de conductor.
Un golpe acolchado rebotó contra el parabrisas abierto y se metió
de rebote, en la cabina. Era un yakaveré. El pájaro aleteaba y chillaba
asustado, procurando escapar. Sus garras se clavaron en la cara de
Cristóbal. Tuvo que atraparlo con las dos manos y echarlo afuera. El
camión perdió ligeramente la dirección y una de las ruedas atropelló
una mata de karaguatá. Se produjo una explosión fuerte y seca. El
tanque de agua se ladeó de golpe. Cristóbal bloqueó los frenos y bajó
de un salto. Gamarra se retorcía manoteando por desembarazarse
de su escafandra. Desgajado al sueño por la explosión y el bandazo,
hucheaba como loco bajo el rollo de manta.
–¿Qué pasa? –gritó al fin, quitándose de un tirón la mordaza.
Cristóbal revisaba ya el neumático delantero reventado.
–El gato –le ordenó.
–¿Gato? –dijo el otro, todavía sin entender.
–Despertá de una vez y traé las herramientas.
–Ah, bueno… –gruñó y se pandeó a uno y otro lado, bostezando y
desperezándose.
–¡Rápido, pues, Medio-metro!
De la inercia pasó a una súbita actividad. Levantó las tablas del
asiento y sacó el cric y las llaves. Se le cayó una. La recogió y la puso
entre los dientes.
–Soñé que nos asaltaba una patrulla bolí –gorgoteó a través del
hierro.
–Eso hubiera sido mejor –dijo Cristóbal con fastidio.
–¡Jaguá reví! –rezongó Gamarra, rematando la interjección con un
silbido.
La luz de los faros al chocar contra la maraña, reflejaban una débil
claridad sobre el camión escorado en la huella y los dos hombres
arrodillados ante el desperfecto. Las hojas dentadas del karaguatá les
serruchaban el pecho y la cara al forcejear con la rueda.

12
A media mañana, los camiones llegaban a un nuevo cañadón. Uno
de tantos, pero menos extenso y más achaparrado que los anteriores,
un hemiciclo perfecto en la selva. La fragancia del guayacán les salió
al encuentro y un áspero olor a lechiguanas.
Parado en el estribo del puntero, Otazú los enumeró hasta once
con soñolientos balanceos de cabeza.
–Falta el camión de Jara –dijo.
Salu’í se volvió con cierta presteza para mirar por el óvalo trasero
de la cabina.
–Qué le pudo haber pasado –dijo Aquino, algo preocupado con la
vista fija en el campichuelo que se iba estrechando hacia el gollete,
perfilado entre una hilera de quebrachillos.
–La entrada a Garganta de Tigre –anunció Otazú, retornando su
asiento y echando una mirada de reojo al temido paso–. Menos mal
que vamos a pechar la picada a pleno día.
Ahora se escuchaba más cercano el intermitente cañoneo. Un
creciente zumbido sobrepasó de pronto el tronido de los obuses y el
propio roncar de los motores. La preocupación del jefe del convoy se
cambió en alarma. Sin detener la marcha, sacó medio cuerpo afuera
gritando a los demás, mientras apretaba a fondo el acelerador y viraba
bruscamente hacia la costa del abra.
–¡Avión enemigo! ¡A desviar…, a desviar!
A los pocos instantes un Junker apareció, en efecto, sobre el bosque,
siguiendo la línea del camino. Al descubrir el convoy, picó sobre
él con un poderoso rugido ametrallándolo a quemarropa. Los regueros
de la ráfaga picotearon la cinta polvorienta en una exhalación. El
pánico desbandó la columna. Los camiones se desparramaron tratando
de ganar el monte. Un aguatero y el furgón sanitario forcejea204
Augusto Roa Bastos
ban para desprenderse de las huellas, pero ya el avión volvía en una
nueva pasada rasante escupiendo fuego, y lanzando ahora también
una bomba, que cayó sin explotar cerca del sanitario. Sus tripulantes
saltaron enloquecidos y huyeron hacia el boscaje. El camillero cayó
tumbado por la ráfaga. El camión aguador estaba inmóvil en la cuneta.
A través del parabrisas hecho añicos, se veía al conductor caído
de bruces sobre el volante, la cabeza empapada por la sangre, que
también había salpicado las astillas del vidrio. Del tanque surtían innumerables
chorritos por los orificios de los impactos. En distintas partes
del bosque, los camiones pujaban contra la maraña, en busca de los
lugares más seguros, procurando esconderse a los ojos de fuego del
gran halcón amarillo, que pasaba y pasaba estremeciendo el cañadón
con el tableteo de sus ametralladoras y las explosiones de sus bombas.
El camión de Aquino se había internado apenas. Estaba oculto
entre unos árboles, casi a la orilla del bosque. Salu’í se afanaba en
camuflado con cuanta rama encontraba a mano. Desde el volante,
Silvestre Aquino controlaba los movimientos de los demás apremiándolos
a gritos, para drenar la propia nerviosidad. Sus ojos opacos de
rabiosa impotencia se clavaban una y otra vez en el camión aguatero
detenido en la cuneta. De repente lo vieron estallar en una explosión
de agua, tierra y fuego.
El abanico de esquirlas y pedazos del camión barrió el contorno.
La tapa del radiador voló proyectada sobre sus cabezas talando
las ramas altas. En medio de la compacta atmósfera del cañadón, la
hoguera de nafta alumbró un montón de hierros retorcidos alrededor
del cráter abierto por la bomba. Cuando aclaró el amasijo de polvo y
humo, se vio surgir más atrás la silueta del furgón sanitario increíblemente
intacto.
El avión reapareció y se elevó sobre el bosque haciendo piruetas
sin arrojar más bombas. Parecía ahora querer divertirse tan sólo, intimidando
a los camioneros, con sus evoluciones acrobáticas. Para
desahogarse, éstos le disparaban los tiros de sus mosquetones, en
medio de una gritería un poco forzada.
Aquino tendió de repente su brazo hacia el sanitario.
–¡Miren eso!
Entre las ruedas se veía un bulto oscuro y cilíndrico. Era la bomba
que había caído sin estallar.
–¡Puede reventar en cualquier momento! –dijo abriéndose paso
entre las ramas hacia los otros camiones.
En un súbito impulso, Salu’í salió disparando hacia el furgón. Su
decisión fue tan rápida, que Aquino nada pudo hacer para impedirla.
Sólo alcanzó a gritarle:
–¡No vayas! ¡Es peligroso!
Ella siguió corriendo sin hacerle caso y llegó al vehículo, bastante
dañado por las ráfagas y las esquirlas. La bomba había arado la tierra
al caer y quedó incrustada en la huella acolchada de arena. Salu’í
abrió la portezuela y subió. Rebuscó en el interior con apuro, pero sin
perder el tino.
Sacó un botiquín de primeros auxilios, cargó en un brazo medicamentos,
paquetes de venda, todo lo que pudo, y regresó a escape
hacia el bosque, en momentos en que el avión hacía una nueva
pasada ametrallando el abra. La rápida estela de nubecitas de polvo
cruzó mordiendo el camino muy cerca de ella. Apuró el paso y se alejó
culebreando entre los destrozos en llamas del aguador y el cadáver
del camillero.
Los camioneros estaban asombrados. Aquino le salió al encuentro
y le arrancó furioso los paquetes.
–¿Por qué hiciste esto? ¡No era el momento!
–Dijiste que podía reventar… –dijo ella jadeando.
–¡Aquí yo ordeno lo que hay que hacer!
Salu’í se sentó en el estribo, con el botiquín sobre las rodillas. Desde
su escondrijo, donde el pánico lo retenía, Otazú la miraba con la
cara descompuesta.
El avión continuó evolucionando en círculos muy estrechos sobre
el bosque. Después, como aburrido, picó hacia lo alto, hizo un tonel
y desapareció.
Esperaron un buen rato, a ver si volvía. Expectantes y callados, los
camioneros vigilaban el cielo turbio del cañadón.
–¡Tábano de porquería! –refunfuñó Aquino–. Ahora que nos olió lo
vamos a tener encima todo el día.
Salu’í clasificaba en su regazo los medicamentos que consiguió
rescatar del sanitario.
Ponía mucha atención en la tarea. De tanto en tanto, furtivamente
escudriñaba la boca de la picada.
Silvestre Aquino buscó con los ojos a su ayudante. Lo entrevió tumbado
en la maleza. El ancho rostro se crispó de nuevo, yendo hacia él.
–¿Qué hacés aquí, escondido como un apere’a?
–Estoy enfermo… –susurró el otro.
–¡De miedo! Andá a patrullar a Jara.
Otazú se levantó de mala gana.
–¡Rápido, pues, cobarde! –ordenó Silvestre, propinándole un
bofetón.
Otazú se alejó chicoteando por el ramaje espinoso, friccionándose
la cara y la boca llena de saliva como los borrachos.

13
Los pronósticos del jefe del convoy se cumplieron. Cada tanto,
cada vez que los camioneros se disponían a reanudar la marcha,
como si realmente les husmeara la intención, la sombra amarilla del
pájaro perro cruzaba sobre ellos, resoplando salvajemente, casi a ras
de los árboles, en el aire caliente mixturado de pólvora, tierra y humo.
Optaron entonces por permanecer echados a la sombra del precario
refugio que los protegía mal del sol a plomo. Algunos mordisqueaban
su ración de fierro, frotando con los dedos los resquicios de los envases
y chupándolos luego hasta la última vedejita de carne. Otros
dormitaban ya con los mugrientos sombreros sobre las caras. Así no
veían la silueta del sanitario parado sobre la bomba, en el centro del
cañadón, como una burla. Panadería Guaraní – Asunción. Especialidad
en palitos y galletas con grasa… ofrecía el letrero pintado al
costado del ex furgón de reparto.
–Andá; traé un poco más de galleta sa’i, Rivas –dijo uno de los que
comían, al chofer.
–Ya comiste demasiado –le respondió éste–. Te vas a aventar.
–Andá sí, ra’y´to. Total, la panadería de Dubrez nos manda de balde
su galleta. Hay que aprovechar… –recogió con la uña una partícula
que se le había caído sobre la rodilla, le dio un lengüetazo y también
se tumbó, echándose el sombrero sobre la cara.
–Te salvaste raspando, Rivas –siguió diciendo.
–No se muere en la víspera, compañero.
–Argüello entabló, el pobre.
–¡Por arruinado! No se apuró en bajar.
–Se apuró en morir…
Con la cara hundida en la huella, el camillero se achicharraba, inmóvil,
en el bailoteo de los reverberos.
La barba de Silvestre, dura como espartillo terrado, también se movía
bajo el sombrero, raspándole el pecho, al hablar de vez en cuando
con Salu’í, sentada en el camión.
–No viene… –murmuró ella.
–Ya estará viniendo.
Hubo una larga pausa. Las moscas lamían una latita vacía, entre
los yuyos. Arriba, entre las ramas temblaba un resplandor anaranjado.
Era el aro de bronce del radiador.
–No acaba uno de conocer a la gente –dijo de pronto Silvestre bajo
el sombrero–. Creí que lo tuyo era un capricho nomás… Un capricho
de mujer loca… –saraki, dijo él en guaraní la exacta palabra–. Un capricho
así es más que la vida… ¡Estás naciendo de nuevo, Salu’í! Ella
lo miró, pero no dijo nada. No tenía nada que decir.

14
Al atardecer, los camioneros formaban pequeños grupos dispersos
a la orilla del bosque, esperando aún la orden de partida. Aquino
ambulaba por el cañadón, observando alternativamente el cielo y los
embudos abiertos por las bombas. Los escombros carbonizados del
aguatero humeaban todavía. Más adelante, obstruyendo el paso, se
erguía la mole diminuta y fatídica del sanitario. Aquino se dirigió hacia
allí con pasos nerviosos. Nadie supo en el primer momento qué se
proponía. Rodeó el furgón, inspeccionándolo por todos lados, y se
detuvo a unos pasos de la bomba.
En ese momento, entraba en el abra el camión de Jara, con Otazú
en el pescante, enlunado y de mala vuelta, y el rechoncho Gamarra,
saludando a gritos a todo el mundo, derrochando las mejores ocurrencias
de su repertorio.
Desde lejos, Aquino les hizo una seña imperiosa. Gamarra se calló,
pero Jara siguió avanzando. Aquino volvió a alzar el brazo. Su voz
retumbó en el cañadón.
–¡Altooo!…
Jara frenó, mirándolo intrigado, sin comprender lo que ocurría o iba
a ocurrir. Aquino señaló la bomba.
–¡Voy a sacarle la muela!
Los distintos grupos de hombres se levantaron y se pusieron a observar
curiosos los movimientos del jefe del convoy. Lo vieron echarse
al suelo y reptar hacia la bomba, sobre el mismo surco que había
trazado al patinar. Un rumor de inquietud se propagó de uno a otro,
apiñándolos en una creciente expectativa. Por encima de ellos, Salu’í
tenía fijos los ojos en el camión de Jara. El vidrio polvoriento resplandecía
con el último fulgor del ocaso, de modo que no podía ver la cara
del conductor, tapada por ese reflejo a la vez brillante y opaco que
traducía de alguna manera sus ansias más secretas.
La mano de Silvestre se aproximó lentamente al artefacto y empezó
a manipular el detonador que parecía atascado, con el rostro cubierto
de gruesos goterones, la barba apelmazada de tierra y blanca
como la de un viejo. Al fin empezó a desenroscar la pieza.
En torno al cañadón, las caras de los demás estaban crispadas por
la angustia de ese pequeño chirrido que no terminaba nunca, barridas
por un luctuoso aire de zozobra. Un vívido fogonazo de fotografía las
ennegreció de repente, alumbrando hasta la última gota del terreno.
El terrible fragor hizo retemblar el cañadón, apagándose poco a poco
en la profundidad del bosque, mientras el aire de la explosión volvía
a desplomarse en una lluvia incandescente de tierra y partículas, tan
lenta y pausada, que nunca iba a acabar de caer.

15
Al resplandor de los faros y de la fogata que consumía los restos
del sanitario, la veintena de hombres silenciosos trabajaba activamente
para rellenar los embudos. Cristóbal Jara se esforzaba a la par de
ellos. Daba algunas breves y tajantes órdenes, que apuraban la agitación
de palas y machetes, de caras y torsos embreados de sudor.
Salu’í traía ramas y volcaba las brazadas en los hoyos. En un momento
dado, su mirada se encontró con la de Cristóbal. Este pareció fijarse
en ella, como si la hubiera visto por primera vez. Hubo entre ambos
una levísima suspensión, que pasó inadvertida. El se volvió y redobló
sus esfuerzos para acabar de tapar y alisar el cráter. Con la pala fue
matando el fuego. De pronto, entre unos espinos encontró un objeto
blando y mojado. Era el sombrero de Silvestre. Se agachó a recogerlo
y lo guardó casi a escondidas en el bolsillo del pantalón.
–¡Listo! –gritó–. ¡Traigan los camiones!
Los hombres se desparramaron hacia la espesura. Cristóbal dio
maquinalmente unos pasos. Se detuvo al costado del camino, junto a
las dos toscas cruces hechas con ramas. Allí, en los embudos que le
servían de sepultura, yacían los dos compañeros, los dos ojovallegua
pedazos gemelos de la tierra natal, en los hoyos de su sacrificio. Allí,
a sus pies, pero infinitamente lejos. Se agachó y recogió un puñado
de tierra seca del desierto. La dejó caer sobre ellos, en un vago gesto
de despedida, acaso de instintiva rebelión. Infancia y destino, el tiempo
de la vida, lo que quedaba detrás y lo que ya no tenía futuro, se
desmenuzaban en ese chorro árido que caía de su mano, en la fatal
pesantez que todo lo devuelve a la tierra, pensando quizá que toda
la tierra muerta del Chaco no íba a alcanzar a cubrirlos, a tapar esos
agujeros del tamaño de un hombre.
Los camiones ya estaban encolumnados en el camino. A paso rápido
se aproximó al suyo. Ordenó a Rivas que condujera el camión de
Aquino. Otazú subió con él. Al volverse, Cristóbal vio a Salu’í parada
ante él, cargando el botiquín y los paquetes de venda.
–Subí –le dijo.
Gamarra la ayudó, tomándole parte de la carga.
El camión de Jara arrancó de golpe y tomó la punta.

16
De nuevo la selva se abría delante de los faros en la tortuosa picada.
Las ramas espinosas arañaban las chapas, el techo de la cabina
y el tanque. Las ruedas gemían patinando a trechos en la arena removida
de las huellas. Cristóbal desenredaba extraños ritmos en su
caja de velocidades, haciendo que el camión avanzara aferrándose a
la más ligera depresión, a una mata de yuyo, al labio partido de una
huella.
Los tres tosían y escupían el agrio tufo del polvo. Salu’í miraba
como hipnotizada la franja luminosa que marchaba delante de ellos.
No sentía ni la picazón de los mosquitos que se enredaban zumbando
en sus crenchas. Gamarra se enrolló de nuevo en su manta y encajó
el paquete de la cabeza en un ángulo de la chambrana.
El camión de Rivas y Otazú íba ahora en la cola. Naufragaban
enmascarados en la marejada impalpable y asfixiante.
–¡Viaje desgraciado! –dijo Otazú con voz estropajosa.
–Empezó mal –asintió la otra voz de trapo.
–Y va a terminar mal… ¡Llevamos la muerte delante! –dijo Otazú
lanzando la cabeza en un gesto resentido.
–¿Por quién decís? ¿Por Salu’í pikó?
–¡Y claro!…
Las gomas patinaron en un bache arenoso, impidiendo a Rivas con
su chillido oír el resto.
–¿Qué habrá venido a buscar? –preguntó Rivas.
–Se largó detrás de Jara. Viene escapada del hospital. Oí cuando
le contaba su asunto a Aquino.
–¡Mujer y basta!
–Me acuerdo antes de la guerra… –dijo Otazú con despreciativa
jactancia–. Todos íbamos a su rancho. ¡Hasta yo la trinché!
–Pero ahora se hace la santularia… No quiere jugar más a la sortija…
–rió el otro, cloqueando.
–Nos trajo la yeta. Este viaje va a terminar mal, te digo. Ya murieron
Aquino y Argüello. Y no sabemos todavía lo que nos espera.
Recién hicimos la mitad del camino.
–Claro, a mí me gustaría más estar en Sapukái, tomando una cerveza
helada en el bolicho de Matías Sosa –dijo Rivas, poniendo los
ojos en blanco.
–Y a mí en Luque, tomando tereré junto a mi pozo, que fabrica
hielo entre los culantrillos.
Un bandazo les hizo morder el trapo.
–¡Monte de mierda! –rezongó Otazú, escupiendo con asco en la
oscuridad.
–Sí, no estamos en el Parque Caballero –chacoteó el otro.
Otro pozo arrancamuelas los juntó en un choque de cabezas.
–Sabés, Ambere –dijo Otazú, sacándose de nuevo el trapo–. A veces
me siento en la picada como una mosca…
–¿Mosca?
–Sí, un hombre pero como una mosca. Siento que se me empieza
a hinchar el vientre. Y entonces, de repente, me enredo todo en una
tela de araña y las patas peludas de una tarántula grande como el
camión se echan sobre mí…
–Yo creo que lo que vos tenés es otra cosa, Otazú –le dijo el otro,
mirándole de reojo.
–No, te digo… Es cierto. Me siento así mismo…
–Pero si vos sos capaz de pegar fuego a un río, Otazú.
–¿No te parece que en un descuido podríamos volver? –dijo girando
la cara de golpe.
–¿Volver?
–A Isla Po’i… Ahora que venimos en la cola, podemos.
–Nos pueden pillar –dijo Rivas, algo renuente.
–Yo volví una vez. Y me salió bien. Conté que me cuatrearon por el
camino. Gané un día de descanso en la base. Cocideé y comí bien por
lo menos, en lugar de ir a luchar con el reparto en la línea.
–Pero el agua hace falta allá –dijo Rivas con algún escrúpulo.
–¡Un camión más o menos no va a matar la sed de diez mil
hombres!
A la hilacha luminosa del cuadrante, Salu’í vio que la cara de Cristóbal
se contraía. El ruido de un motor llegaba en ese momento hasta
ellos. El tranquido se venía acercando. El bulto descabezado de Gamarra
se movió en el asiento.
–¡Camión, pa’íto! –dijo parpadeando, al salir de la doble oscuridad,
hecho una sopa, como si reflotara en un arroyo.
Las facciones de Cristóbal acusaron su contrariedad, buscando
un improbable lugar para el cruce. No había el menor resquicio. La
maraña inextricable se cerraba sobre el camión como una tapia de
estaqueo. La apertura de una plataforma lateral tampoco era posible
allí, donde los árboles enterraban sus troncos a pique de las huellas
hondas y arenosas.
–¡Cayó la bola, señores! –farfulló Gamarra–. ¡Cruce en Garganta
de Tigre! ¡Cuando el burro apunta con su verga!… –se pegó un tarascón,
al recordar que Salu’í iba con ellos.
El ruido del motor se acercaba hinchado de otro rumor, semejante
al jadeo de muchos cuerpos que vinieron empujando el lento avance
del vehículo.
–¡No vayas a recular, Kiritó! ¡Aníke!…
Los faros aparecieron en un recodo y se clavaron de lleno en el
aguador. Gamarra se tapó los ojos cocinados de sueño. Cristóbal también
parpadeó encandilado. Aminoró la marcha. Los dos camiones se
detuvieron nariz a nariz. Era un transporte de heridos. Ahora se percibían
claramente los quejidos de la carga amontonada en el interior.
El conductor sacó la cabeza y gritó, agitando el pulgar por encima del
hombro.
–¡Atrás, los compadres! ¡Mis pasajeros vienen un poco apurados!
Cristóbal ya había hecho el cambio y el camión estaba retrocediendo
sobre su propia sombra. Gamarra saltó al pescante y empezó
a gritar:
–¡A recular…, a recular!
Los camiones empezaron a retroceder, a la voz de ¡A recular…,
a recular!, transmitida de uno a otro, hasta que no fue más que un
lar… lar… lar… en un eco ululante perdiéndose hacia atrás. Los motores,
exigidos al máximo, taparon de nuevo a medias la ronca quejumbre
del cargamento humano, que sólo mudaba de diapasón en los
barquinazos. Se entreveían los cuerpos apilados, piernas y brazos
espinudos, miembros y torsos con vendajes pegoteados, semblantes
cadavéricos, la garra quemada de alguna mano engarruñándose en
las oleadas de tierra y de insectos que manchaban la luz.

17
Otazú y Rivas se atareaban falsamente en el simulado desperfecto.
Esperaron que el rumor de los motores se apagara poco a poco.
Entonces bajaron la tapa del motor. Estaban solos en el cañadón.
Otazú se acercó al grifo y lo abrió. Bebió hasta que le vinieron hipos.
El otro hizo lo mismo.
Pero no lo volvieron a cerrar. El chorro caía con sofocado ruido
sobre la arena.
Cuando dejó de gorgotear, el runruneo impreciso y remoto también
se había apagado y luego, como brotado de ese mismo silencio,
surgió el gran trémolo de la noche en la selva, demasiado grave y
profundo, para que fuese perceptible. Algo como la música del gualambau
que los indios hacen zumbar en los dientes encerrándola en
la garganta y en el pecho, mientras danzan y danzan en torno a sus
hogueras sagradas.
En la franja gelatinosa de los faros, se extendía un manchón blanco
en medio de las huellas, como un coágulo de luna, erizado de
huesitos negros. Pero no había luna. Era el lienzo de tierra calcinado
por la ignición del sanitario. Hacia el fondo estaban las dos cruces
solas, esperando.
El camión dio un viraje completo y pasó ante ellas.
–¡Silvestre nos hubiera mandado fusilar! –murmuró Rivas.
Agachado y torvo, Otazú se friccionaba maquinalmente la mejilla
donde recibiera el bofetón.

18
Filtrándose por los intersticios del ramaje, el cielo legañoso del
amanecer cabeceaba a contramarcha de los camiones, en la picada
llena todavía de noche. La vegetación fue raleando. Desembocaron al
fin en un descampado, larvas chorreadas de tierra y telarañas, expelidas
del intestino boscoso sobre el mar gris del desierto, sembrado de
pálidos islotes.
Prendido a los parantes, sobre la espiga de la carrocería, Gamarra
intentaba el recuento de la columna, poniéndose una mano sobre los
ojos inyectados de sangre, igual a un búho que la selva hubiera dejado
adherido allí, incapaz de mirar el sol naciente.
–Diez nomás somos… Parece que falta el camión de Otazú –dijo
descolgándose penosamente de su improvisado observatorio y metiéndose
otra vez por la chambrana, en medio del bamboleo de la
marcha.
Desde el oeste, por encima de las islas, llegaba el estruendo de
los cañones y el tableteo de las ametralladoras. Mucho antes de salir
a campo abierto ya los habían escuchado. En el último tramo, sobre
todo, tuvieron la sensación de ir rodando sobre esta trepidación que
atoraba la picada de sordas ventosidades y tolondrones. Lo sentían
en las gomas de las ruedas y en los dientes. Ahora el ruido tenía mucho
espacio donde retozar y también estaba más cercano.
–¡Isla Samu’ú! –informó el gárrulo hombrecito a la pasajera, tendiendo
el brazo hacia uno de los islotes–. Allí está el comando de la
división. Un poco más adelante están las líneas. ¡Amanecieron bravas
hoy!
Salu’í permanecía callada. Cristóbal conducía concentrado sobre
el volante, en dirección a la ribera de bosques que estaba más allá de
las islas.

19
Más nervioso y febril que en la base, el jaleo del asedio repercutía
en la isleta de samu’úes y quebrachos, donde funcionaba el puesto
de comando divisionario, en la retaguardia de Boquerón. Grandes
ampollas de aire parecían reventar a ratos, muy hondo en la tierra,
propagando un oleaje sísmico que hacía temblar los colgajos de polvo.
De pronto arreciaba el crepitar de la fusilería y de las automáticas
marcando detrás del monte la imprecisa línea de batalla. Entre los
árboles, las empalizadas de las tucas vomitaban y tragaban agitadas
siluetas que se atropellaban sonámbulas a pleno día.
Cerca de la picada de acceso, la macilenta romería de los evacuados
desparramaba sus desechos, que esperaban el improbable momento
de ser transportados a la base o de ser devueltos a las líneas,
según el ritmo del apuro y la voracidad del combate. “!Aquel a quien
le sobre una pata y un brazo, puede seguir bailando en el cerco…»,
parecía ser la consigna. Los que aún podían mantenerse en pie cargaban,
por las dudas, sus impedimentas.
Al oír un ronquido de motores, se incorporaron como movidos por
un resorte. El camión de Cristóbal Jara estaba entrando en la hondonada.
Las sombras andrajosas se abalanzaron sobre el camión y le
cerraron el paso, a riesgo de ser aplastadas. Cristóbal no tuvo más
remedio que detener la marcha. Saltó y procuró inútilmente contener
a los espectros embrutecidos por la sed que se disputaban el grifo.
Gamarra también fue arrollado por la avalancha. Al aparecer los restantes
camiones, muchos se lanzaron hacia ellos para ser los primeros.
Un oficial con el brazal de la policía militar se acercó corriendo,
seguido por un piquete. Pistola en mano, se abrió paso a empellones
y gritando como un energúmeno:
–¡Atrás…, atrás! ¡En fila! ¡A ponerse en fila!
El caño de la pistola y las culatas de los fusiles de los jaguá–perõ1,
caían con golpes secos sobre las hirsutas cabezas. Poco a poco, lograron
su propósito. Los grupos que se apeñuscaban y forcejeaban
ante los picos, cedieron y se retiraron a regañadientes. Jara se aproximó
al oficial.
–¡Este aguatero no es para la línea, mi teniente! ¡Voy en misión
especial!
–¡Salga de aquí entonces! –bramó el otro.
Jara subió y enderezó en dirección a los refugios. Gamarra trotó
renqueando tras el camión. Salu’í tenía los ojos vacíos.

20
–A formar! ¡En fila! ¡Primero los heridos!… –seguía vociferando el
oficial y corriendo de un lado a otro, para acabar de imponer el orden.
Jaqueada por las culatas, la columna se formó desordenadamente.
Entonces el oficial mandó repartir la ración de agua. Medio jarro de
agua por cabeza. Vigilaba alerta y severo la distribución recorriendo
la fila. Los de atrás estiraban hacia él los pescuezos, las ansiosas y
demacradas facciones. La fila era cada vez más larga.
–¡Basta! –dijo de pronto el oficial con el brazo en alto–. ¡Los demás
esperen en sus unidades! ¡El resto del agua se va a mandar a la línea!
¡Veo que tienen todavía el pie bastante duro! ¡Pueden ir a pelear!
Un ronco clamor, casi animal, brotó a lo largo de toda la fila. Algunos
dejaban escapar estrangulados sollozos. Uno cayó de rodillas y
golpeó la tierra con los puños, clamando entre dientes:
–¡No aguanto más…, no aguanto más! –lloraba sangre; se levantó
y se alejó tambaleando hacia el bosque.
Rota a trechos, la cola de sedientos permanecía, sin embargo, en
la espera obcecada del agua, masticando un sordo y lastimero rumor,
aplastados estúpidamente por la desesperación. El oficial los ahuyentó
con ademanes y gritos, cada vez más exasperados.
–¡Rompan filas…, he dicho! ¡Se acabó el agua! ¡Vayan a sus unidades,
si quieren su ración!
Los proveedores llenaban febrilmente sus latas. Las ensartaban en
palos y con los extremos sobre sus hombros, se marchaban encorvados
por el peso, salpicando tornasolados chorritos.
El soldado que se dejó caer de rodillas y luego se metió en el
monte, regresó abriéndose paso entre los remolones y se presentó
al oficial.
–Quiero agua, mi teniente. Estoy herido… –le mostró la mano vendada
en un jirón de camisa, que traía enganchada de un dedo en el
botón de la chompa.
–¿Dónde te heriste? –clavó en él los ojos desconfiados.
–En la línea, mi teniente… –trataba de simular firmeza, indignada
honradez.
–¡Estabas hace un rato en la fila!
–¡No…, mi teniente! ¡Me herí en la línea!
–¡A ver!… –le arrancó el ensangrentado pingajo.
El boquete abierto en carne viva tenía los bordes ahumados de
pólvora.
–¡Miserable. .., cobarde! –lo tumbó de una patada–. ¡Te hubieras
encajado el tiro en el mate de una vez!
El soldadito se arrastró gimoteando, con la cara aplastada contra
el suelo, como si quisiera meterse bajo tierra.
–¡Llévenlo!
Los jaguá perõ se abalanzaron sobre él, colmilludos y empapados.

21
Frente al tuca de la intendencia, Cristóbal Jara recibía las últimas
instrucciones.
¡Déjenme pasar!
–¡Elementos de sanidad, ni qué hablar! –protestó el intendente–.
¡Los puestos frontales no dan más! ¡Es inútil pedirles nada!
–Llevo un camillero –dijo Cristóbal, después de vacilar levemente,
señalando a Salu’í, sentada en el camión.
–Conténtese con eso. Yo buscaré un reemplazo para el sargento
Aquino. ¡Es una gran pérdida para nosotros…, justo en estos momentos.
¡Vaya nomás! Él le ayudará a llegar –dijo señalando un hombre
esquelético –. Sargento Mongelós, indíquele el camino de su batallón.
¡Y buena suerte!
El esqueleto harapiento y descalzo se cuadró.
Al pasar por la linde del bosque, vieron que estaban fusilando a un
hombre.

22
Así estaban rodando ahora rumbo al destacamento aislado en tierra
de nadie. Librados a su propia suerte. La tierra se levantaba detrás
y seguía al camión con sus tolvaneras, tapándole el regreso como un
muro.
El esqueleto llamado Mongelós tendía el brazo en la dirección de
una ruta inexistente, cuyo itinerario llevaba él pirograbado en los nervios
resecos, y por esa ruta avanzaba el camión a los tumbos, pechando
malezas, tunales, médanos llameantes, bajo el sol blanco que
martillaba los sesos desde un cielo combado sobre el desierto como
una chapa de cinc.
El baqueano y Gamarra iban hamacándose sobre los cajones de
nafta y comestibles, asegurados a soga en los costados de la carrocería;
el tanque, bien cubierto por dos cueros vacunos que buscaban
protegerlo de la evaporación y servían a la vez de pontones en los
arenales.
Monte y desierto. Desierto y monte. Y ese bordoneo incesante y
enorme que basculaba contra la piel, porque no podía caber en los
tímpanos, agrietando la memoria misma del oído. Los cañones se callaban
al caer la noche, pero el zumbido seguía y seguía, el trémalo
del inmenso gualambau cuya cuerda era la tierra resquebrajada, tensa
en el arco del horizonte. Dejaron incluso de percibir el ruido del
motor.
En el vidrio azogado de polvo, Salu’í contemplaba a ratos la cara
fantasmal de Cristóbal. Si lo miraba de costado era distinto, era otro,
con el duro perfil y los ojos de moho, tendidos hacia delante, inventariando
las más mínimas probabilidades de marcha.
216 Augusto Roa Bastos
Más allá de ese rostro vio de repente que unas borrosas siluetas
saltaban sobre el camión.
Una veintena de soldados gesticulaban y gritaban con las bayonetas
centelleantes. Los rotosos verdeolivos dejaban ver su origen.
–¡Altooo!… –aullaban frenéticos, acorralando amenazadoramente
al camión.
Con un brusco viraje, Cristóbal intentó eludirlos. Se cerraron aún
más. Se agachó entonces para recoger el mosquetón. Uno de los atacantes
se abalanzó sobre él y le asestó un puntazo que le atravesó la
mano, haciéndole soltar el arma.
–¡Pejeí tahasá!1 –rugió de indignación, sin detener la marcha
culebreante.
Pero en ese momento reventaban los neumáticos a bayonetazos.
El camión se detuvo en seco. En el bandazo, la tapa del tanque saltó
entre los cueros y un grueso chorro se proyectó por la banderola, empapando
las espaldas de Cristóbal y Salu’í.
Sobre la carrocería, Mongelós y Gamarra también ya estaban inmovilizados
por varias bayonetas que apuntaban sus costillas. Un
montón de semblantes terrosos forcejeaba ante el grifo derrochando
inútilmente el agua. Era como una escena de violación y el agua,
el cuerpo desnudo de la mujer que se escapaba gimiendo entre los
muslos y las caras bestiales de los hombres. Ningún poder, salvo la
muerte, hubiera podido arrancarlos de esa faena enloquecida.
–¡Cobardes! ¡No saben morir como hombres…, en sus puestos!
–gritó Cristóbal en un estallido de rabia. Pero su grito se perdió en el
ronco jadear de los violadores.
En un rasgo desesperado de humor, Gamarra trató de ironizar la
situación, escondiendo su pánico. Con un dedo apartó la bayoneta
que le hincara el costado, diciendo al que la empuñaba:
–¡No me hagas cosquillas, compí! ¡Tomen despacio! ¡No se apuren!
¡Si total para ustedes nomás trajimos el agua!
El convulso sarambi seguía ante el pico, como un hozar de chanchos
en un chiquero. Algunos trataban de llenar sus caramañolas,
amenazándose e insultándose mutuamente.
Salu’í trató de restañar la mano herida de Cristóbal, que goteaba
como un espiche.
El se la arrebató con furia, de la misma manera que la había arrebatado
a la bayoneta.
Sólo más tarde, cuando los asaltantes retrocedieron de espaldas
al monte, sin dejar de apuntarlos con sus fusiles y se desbandaron,
desvaneciéndose finalmente en la maraña, iba a permitirle que se la
vendara. De seguro ya en ese momento habría vislumbrado lo que
luego iba a hacer.

23
El camión hundido en el espartillar sobre las ruedas desinfladas,
parecía aún más pequeño y chato. Sólo su sombra había crecido y se
alargaba hacia atrás.
El sol, ahora rojo, se estaba enterrando a medias en el horizonte
caldeado.
–Voy a volver con Gamarra para traer cámaras de repuesto –propuso
Mongelós.
–No –dijo Jara, contemplando atentamente el espartillar.
–¿Y eso, Kiritó? –preguntó Gamarra señalando las ruedas.
–Vamos a rellenar las cubiertas con espartillo –dijo Cristóbal, como
si hubiera ordenado dar aire a las gomas en una estación de servicio.
Pusieron manos a la obra afanosamente. Con el entripado de
espartillo rellenaban la cubierta y la volvían a calzar en la llanta. Salu’í
segaba y acarreaba las brazadas de la dura y elástica gramínea, Cristóbal
trabajaba dificultosamente por la herida. La sangre empapaba el
vendaje en el esfuerzo. Se sacó entonces del bolsillo el sombrero de
Aquino y se enguantó con él la mano. Salu’í se acercó y se lo aseguró
a la muñeca. Le ofreció otra vez la pastilla del coagulante, que ahora
también aceptó e ingirió.
Gamarra y Mongelós retiraron los gatos. Cristóbal subió al camión
y puso en marcha el motor. El baqueano se le acercó.
–Ahora no podemos seguir…
–Ya sé. Voy a meterlo en el monte.
Puso en marcha el camión y lo condujo hasta la parte más espesa,
ya invadida de sombras. Las ruedas chirriaban con sus nuevos neumáticos.
Gamarra las señaló con un visaje.
–Nos debe sus zapatos okái chipá…
La noche cerró por completo sobre el camión estacionado en la
espesura entre el monótono, inaudible vibrato. Poco después el arco
de la luna menguante apareció sobre el bosque, filtrando una tenue
claridad. Era la primera detención, ahora forzosa, en la marcha, luego
de dos días de ayuno y sin sueño. Gamarra sacó su ración de fierro e
invitó a Mongelós.
– ¡A ranchear!
Se sentaron los dos junto al camión y empezaron a devorar ávidamente
las galletas duras como guijarros y la carne enlatada. Sus
bocas hacían un ruido de todos los demonios. Cristóbal sacó su avío
y lo compartió con Salu’í. Después se levantó, trajo un poco de agua
del grifo en una lata de aceite y la distribuyó a medio jarro para cada
uno. El no bebió.
–¿No vas a tomar? –le preguntó Salu’í.